(ZENIT Noticias / Ciudad del Vaticano, 03.04.2025).- El próximo 20 de mayo – 1700 años después – el mundo cristiano conmemora la apertura del Concilio de Nicea, en Asia Menor, celebrado en el año 325.
Fue el primer Concilio ecuménico de la historia. De él surgió el Credo que, completado por el Concilio de Constantinopla en 381, se convirtió en el documento de identidad de la fe en Jesucristo profesada por la Iglesia. El aniversario se celebra en este año jubilar, centrado en «Cristo nuestra esperanza», y coincidiendo con la fecha de la Pascua para todos los cristianos, en Oriente y en Occidente.
Al fin y al cabo -como ha subrayado el Papa Francisco-, en un momento histórico como el que vivimos, marcado por la tragedia de la guerra y por innumerables angustias e incertidumbres, lo esencial para los cristianos, lo más bello, lo más atractivo y al mismo tiempo lo más necesario, es precisamente la fe en Jesucristo proclamada en Nicea: ésta es «la tarea fundamental de la Iglesia» (Discurso a los participantes en la asamblea plenaria del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, 26 de enero de 2024).
La Comisión Teológica Internacional (CTI) hizo público un importante y articulado documento titulado: «Jesucristo, Hijo de Dios, Salvador. 1700° aniversario del Concilio Ecuménico de Nicea«. Se trata no sólo de recordar el tenor y la significación del Concilio, sin duda de capital importancia en la historia de la Iglesia, sino también de sacar a la luz los extraordinarios recursos que el Credo, profesado desde entonces, conserva y relanza en la perspectiva de la nueva etapa de evangelización que la Iglesia está llamada a vivir.
Al mismo tiempo, poner de relieve la apreciable pertinencia de estos recursos para una gestación responsable y compartida del cambio de época que afecta a la cultura y a la sociedad en todo el mundo. En efecto, la fe profesada en Nicea nos abre los ojos a la novedad disruptiva y permanente que se produjo con la venida entre nosotros del Hijo de Dios. Y nos impulsa a ensanchar el corazón y la mente para acoger y negociar con el don de esta mirada decisiva sobre el sentido y el destino de la historia: a la luz de ese Dios que, por medio de su Hijo unigénito, al que ha comunicado la plenitud de su propia vida, nos hace también partícipes de ella por su encarnación, sobre todos, derramando generosamente y sin exclusión el soplo de la liberación del egoísmo, de la relación en apertura recíproca y de la comunión del Espíritu Santo, más allá de toda barrera.
La verdad de un Dios que, siendo amor, es Trinidad y que en el Hijo se hace uno de nosotros por amor -ésta es la fe que testimonia y transmite el Concilio de Nicea- es el principio auténtico de la fraternidad entre las personas y los pueblos, y de la transformación de la historia a la luz de la oración que Jesús dirigió al Padre en la inminencia del don supremo de su vida por nosotros: «Padre, que todos sean uno, como tú y yo somos uno» (cf. Jn 17, 22). El Credo de Nicea constituye, por tanto, en el corazón de la fe de la Iglesia, una fuente de agua viva de la que beber también hoy para entrar en la mirada de Jesús y, en Él, en la mirada que Dios, el Abbá, tiene sobre todos sus hijos y sobre toda la creación. Empezando por los más pequeños, los más pobres y desechados, con los que el Hijo unigénito del Padre, que se hizo a sí mismo «primogénito entre muchos hermanos» (cf. Rm 8, 29), se identificó hasta el punto de considerar hecho a sí mismo lo que fue hecho a cada uno de ellos (cf. Mt 25, 40).
El documento de la CTI no pretende ser un simple texto de teología académica, sino que se propone como una valiosa y oportuna síntesis que puede acompañar provechosamente la profundización de la fe y su testimonio en la vida de la comunidad cristiana: no sólo enriqueciendo la participación en la vida litúrgica y la formación del Pueblo de Dios en la comprensión y vivencia de la fe con nueva conciencia, sino también estimulando y orientando el compromiso cultural y social de los cristianos en este desafiante punto de inflexión epocal. Tanto más cuanto que en Nicea, por primera vez, la unidad y la misión de la Iglesia se expresaron de modo emblemático a nivel universal (de ahí su calificación de Concilio ecuménico) en la forma sinodal de ese caminar juntos que le es propio. Constituyéndose, así como un punto de referencia e inspiración autorizada en el proceso sinodal en el que hoy está inmersa la Iglesia católica, en su empeño por vivir una conversión y reforma marcadas por el principio de relación y reciprocidad para la misión, como afirma vigorosamente el «Documento Final» de la última Asamblea del Sínodo de los Obispos promulgado por el Papa Francisco.
Por ello, la CTI le invita a la Jornada de estudio sobre el documento Jesucristo, Hijo de Dios, Salvador. 1700 aniversario del Concilio Ecuménico de Nicea (325-2025), que se celebrará el próximo 20 de mayo en el Auditorio «San Juan Pablo II» de la Pontificia Universidad Urbaniana (https://www.doctrinafidei.va/it/commissioni-collegate/commissioneteologica/storia/eventi.html).
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